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El combate de los espacios antagónicos. |
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Para dar cumplimiento al deseo modernizador y se pueda erigir la Ciudad Paraíso, hace falta que lo que actualmente existe en aquel sector, y es considerado como un problema, sea eficientemente eliminado. En este sentido vale la pena considerar lo que se plantea necesario de combatir: Desde luego hay que partir del imaginario generalizado de “la olla” que no es un secreto para ningún habitante de Cali. La primera noticia del seguimiento de prensa es un reportaje de 48 horas que realizó un periodista en el Calvario, allí son narradas experiencias de un imaginario corroborado, del infierno en una vida con condiciones muy precarias y situaciones que generan rechazo y miedo. Por otra parte, en los Antecedentes está la histórica tendencia de querer intervenir la zona problemática, evidenciada en los sucesivos alinderamientos de orden administrativo y simbólico. Es tan fuerte este imaginario, que el mismo gerente de la EMRU define geográficamente El Calvario de la siguiente forma: “Nosotros lo que pretendemos como tal es generar una transformación en el centro de la ciudad. Y justamente en la zona más deteriorada tanto social como urbanísticamente, es ese pedazo, es El Calvario, que está ubicado entre la carrera 10, la carrera 15, la calle 12 y la calle 15.” Otra tendencia es a sobredimensionar el área considerada como la “olla”, incluyendo al barrio San Pascual, lo cual está dando por sentado que ciertas características sociales allí presentes son las de todos los barrios que comprende el área del proyecto. Este territorio es tratado entonces como un espacio que desvió sus verdaderos usos y significados y que por lo tanto, hace falta corregir. Dentro de los elementos que se exponen como problemáticos, se encuentran la ocupación del espacio público, el deterioro de las edificaciones, la dificultad en la movilidad urbana y la inseguridad. Esta lógica permite comprender las razones por las cuales, la renovación urbana se presenta como la mejor forma y la más legítima para dar solución a algo que es presentado como un foco de contaminación ,además se argumenta en estos términos para acentuar el miedo y rechazo que este tipo de situaciones pueden generar, lo cual además ha resultado en un tipo de restricción para el habitante caleño que ahora se encuentra privado de la posibilidad de ir a estas zonas. Por otra parte, este territorio se maneja bajo una lógica capitalocentrista (ver seguimiento de prensa: octubre 10 de 2010) que asume como un obstáculo para el progreso la informalidad, la invasión del espacio público por vendedores ambulantes y los considera como aspectos indeseables, que además son negativamente planteados como “colonizaciones”: “Hoy duele ver el deterioro al que llegó la que fuera la zona más importante de la capital vallecaucana, ante la falta de una planificación que respondiera a las tendencias naturales de una ciudad en expansión. Por esa ausencia, el sector público dejó de percibir los ingresos que genera la actividad económica y el dinamismo de los negocios inmobiliarios impulsados por la demanda. Y en 20 años entregó a la informalidad los sectores de la ciudad que, aunque sea paradójico, gozan de posibilidades de acceso como el Sistema de Transporte Masivo y los mejores servicios públicos de Colombia. Y Frente a ello, el inversionista privado abandonó también el sector, buscando en la expansión hacia otros puntos de la ciudad las posibilidades de desarrollo que se marchitaron en el centro. Lentamente, y con algunas pocas excepciones, la zona fue desocupada por sus tradicionales habitantes y huéspedes, siendo reemplazados por la informalidad y el deterioro generado por la invasión del espacio público, el inquilinato y la ilegalidad.” (Artículo de El País, sección Opinion. Cali, 10 de octubre de 2010). Si nos fijamos en la totalidad de este artículo, podemos comprender la lógica explicativa que opone una “desviación” a un “correcto” uso de aquel espacio. Esto implica “constituir al capitalismo como una forma de economía necesaria y naturalmente dominante”. (Gibson-Graham: 2002). Además de esto, hay una invisibilización frente al hecho de que “las actividades fuera del mercado, y por ende no capitalistas, producen, por lo menos, la mitad de la producción total mundial.”(ibídem). Lo cual es reforzado en una ciudad como Cali, cuya lógica informal envuelve una gran parte de la población. En este sentido, estamos frente a unas justificaciones de las formas en que la pobreza, la diferencia, lo problemático, es asumido unívocamente como aquello de lo que hay que deshacerse, es un objetivo de combate. La lógica no parte de una comprensión de aquellas situaciones complejas que han desembocado en un rechazo social y en la estructuración de periferias que yacen en el corazón mismo de la ciudad. Por el contrario, se sigue sugiriendo un tipo extraño de anomia encerrada por los linderos de la olla, que incluso se ha atrevido llamar “tierra de nadie”. Es casi una condición suficiente hacer uso de argumentos como por ejemplo el “deterioro físico y social” para apelar a unas soluciones eficientes, contundentes y deseables, de la concepción de un espacio que no tiene por qué existir. Pero, ¿acaso fue que el problema surgió por generación espontánea? ¿Vamos a comprender este tipo de situaciones unívocamente a partir de su erradicación? ¿Vamos a esperar hasta que, por omisión o negligencia, más barrios terminen siendo objetivo de este accionar? El territorio a renovar es un objetivo casi militar, de eficiencia, planeación, redensificación, reactivación y diseño. Un palimpsesto sobre el cual siempre se vale el borrón de cuentas y la reescritura, además muy rentable en términos económicos, y que por lo tanto se presta muy bien para hacer proyecciones tan ambiciosas como las de Ciudad Paraíso. En el caso de Bogotá, Suárez (2010), argumenta que la renovación urbana opera como una inversión simbólica del lugar mediante la intervención de un espacio específico considerado como foco de infección, para silenciarlo y borrarlo de la memoria de la ciudad. Esto evidencia las carencias de proyectos que pretenden dinamizar la ciudad en términos competitivos, pero que no están acompañados de políticas sociales. El autor concluye que este tipo de proyectos de renovación urbana, que operan como inversión simbólica del lugar, no solucionan los problemas de ilegalidad y miseria. Suárez no niega los impactos positivos, tales como el crecimiento económico y la disminución de índices de violencia y criminalidad en las zonas de intervención. Sin embargo, los proyectos no están asumiendo a ciertas personas como “ciudadanos plenos”, por lo tanto no están siendo contemplados de una forma adecuada e integral, y el problema termina diseminándose hacia otros espacios. Asimismo, ante la intención inicial de comprender los significados sociales, Suarez asume que la renovación urbana opera como “intervención de saneamiento u operación bulldozer” (Ibídem: 122).
Carlos Córdoba y Roberto hablan de la experiencia de Bogotá frente a la renovación urbana. Considero de gran relevancia el hecho de fijarse en los significados de la renovación como una inversión simbólica del lugar, debido a que tal como en el caso de Bogotá, en Cali la renovación apunta a intervenir una zona históricamente considerada como una “olla”-un ícono del mal-. Por otra parte, el autor se sitúa entre una primera intervención (parque del tercer Milenio) y el transcurso de una segunda (complejo de salud Ciudad Salud) como un proceso continuo desde el cual un poder se manifiesta constantemente a partir de las representaciones y prácticas específicas de intervención. Para el caso que pretendo abordar, estamos en el transcurso de los inicios de la ejecución del proyecto, que no ha terminado aún. Pero podemos establecer algunos puntos comunes, en relación con el peso de una lógica de actuación según la cual un proyecto de renovación urbana como Ciudad Paraíso se presenta como la mejor opción para acabar de una vez por todas con un problema a partir de su reescritura territorial, sin asumir los retos de las situaciones que terminan por desplazarse, reproduciendo la lógica de “deterioro” en nuevos lugares.
Funcionarias de la Emru hablan acerca del deterioro del centro. |
“El método del pensamiento estratégico, que se origina en el arte militar, preconiza priorizar y clasificar las acciones que deberán realizarse y los procesos más eficientes que deben aplicarse para lograr los objetivos, reducir y eliminar los obstáculos y antagonismos.” (BEUF:2010:6).
SUÁREZ G., C. J. (2010). Renovación urbana. ¿Una respuesta al pánico moral? Territorios, 22, pp. 111-124.
GIBSON-GRAHAM, J.K.. (2002). Intervenciones posestructurales. Revista Colombiana de Antropología, Enero-Diciembre, 261-286.